Páginas

dimecres, 25 de setembre del 2013


Escribí lo que ahora sigue como parte de la conclusión final de mi trabajo de máster de la asignatura "Bioética y Biopolítica". Era marzo del año 2012 y mi mayor preocupación respecto a la justicia médica era la que aparece dibujada en el fragmento que seguidamente citaré:  que alguien no pudiera pagar su tratamiento en los Estados Unidos por no poderlo conseguir aquí.
Inocente de mí... poco más de un año después, mis peores temores se han hecho realidad. La sanidad empieza a ser algo exclusivo. 

.

No quiero cabrearme ni decir cosas indecentes, así que os cito el extracto del trabajo. Su título es La justicia sanitaria. El bien de terceros

"Desarrollar un cáncer a los pocos meses de nacer no es algo que decida el enfermo, por lo
tanto, esa persona debería tener, al menos, una mínima oportunidad de curación,
independientemente de cual sea su situación económica y personal. A mi juicio, no es justo que
exista el remedio, pero por cuestiones ajenas a la medicina, este remedio no pueda aplicarse.
Además, tampoco me parece justo, e incluso, inhumano, el sufrimiento que puede causar a los
familiares del enfermo el saber que el remedio – o tan sólo la posibilidad – está ahí, pero por su – en
este caso – situación económica no pueda accederse a él. Desde esta perspectiva, no me parece
justo, y ni siquiera ético, el sistema sanitario. La tabla de los derechos humanos entiende la salud
como algo universal, pero no puedes tener salud si has nacido en el Cuerno de África, por ejemplo,
porque sufrirás de desnutrición, tendrás el agua contaminada y tu vida está abocada al fracaso, ya
que hay unas condiciones pésimas de vida., y eso es injusticia Tampoco me parece justo que el
haber nacido en los Estados Unidos y no tener seguridad social te lleve, al romperte una pierna en el
trabajo, a no curarte para no perder dinero y que no te echen de la empersa. No menos justo me
parece haber nacido en España, disfrutar de un gran sistema sanitario y por desarrollar una
enfermedad que aquí no se investiga, por la causa X, debas rozar la desesperación para ser curado
en otro país, ya que, y por mucho que queramos pensar lo contrario, el derecho a la sanidad no es
universal. Con un poder adquisitivo distinto en el caso de Aitana, o el haber nacido en un continente
distinto en el caso de Kwelche, haría que el desenlace de la enfermedad fuera distinto. Y que ese
desenlace sea distinto ya empieza en las posibilidades que tienen tanto una como la otra; la primera,
en que pueda costearse un tratamiento exclusivo, la segunda, que pueda costearse un tratamiento
extendido en lo que tendemos a llamar Primer Mundo".  

Después de esto, quiero añadir lo siguiente: vuestra es la fuerza y, lo más jodido de todo, vuestra es la responsabilidad. Somos capaces de hacer las cosas, pero no queremos. Y lo que conseguimos con eso es tirarnos piedras a nuestro propio tejado.


dimarts, 16 de juliol del 2013

La mayoría de los españoles nos apoyan

…esto no da carta blanca para hacer lo que a uno le venga en gana.

Mayoría podría servir para excusarse uno si no añadiese después “de los españoles" para sentirse así más fuerte en sus palabras. Ni la mayoría de los españoles lo apoyan, señor Mariano, ni - lo que es más grave de todo - la mayoría de los votantes. Sabemos que los sistemas no son perfectos, y menos la manera de aplicarlos. El sistema electoral español tiene sus fallos y tendría su razón de ser algún día y por causas que no cabe explicar aquí - en este artículo se explica detalladamente y se hace una valoración crítica de ello -, pero no es en el sistema en lo que quiero centrarme, si no en la manera que se utiliza el lenguaje para jugar con nuestras mentes y, así, con nuestras voluntades.

La democracia está desvirtuada, supongo que cada vez queda más claro que esto es una realidad, y ya no solamente por un sistema electoral al que le queda grande el concepto democracia, si no por el (mal) uso que se hace de él - de forma consciente y aprovechada. No quiero remitirme a Atenas, ni purezas por el estilo, porque su situación era una, y la nuestra es otra, y además, la idea de ciudadano en aquella época era un poco limitada. Pero más allá de todo esto, el sistema democrático debería exigir, si realmente queremos que sea lo que decimos, que fuera el demos quien tuviera el poder, y no otros. Las decisiones que toman los gobernantes deberían basarse en las peticiones de los gobernados, ya que es gracias a éstos que se encuentran en el poder - un poder cedido, por otra parte, en una democracia representativa; mediante un pacto te cedo el poder y tú gobiernas por mí ya que me representas, de modo que no eres tú el poderoso, el poderoso soy yo, el pueblo. Pero más allá de las decisiones tomadas por los gobernantes, acertadas o no,  existen también  sus actuaciones externas a la política - estrictamente hablando.  No sólo es cómo gobierno, si no qué hago mientras gobierno, o qué he hecho para poder gobernar. El juego debe ser limpio para que el sistema funcione bien, para que haya una correcta armonía, para que no exista la crispación ni el desencanto. Y si una vez gobernando se descubre el pastel, porque resulta que no he sido tan limpio como debería, no sirve la excusa - o no debería servir - de que ahora tienes mayoría - ¿qué mayoría? - y añades que tu tarea es otra.

La tarea del gobernante es gobernar, y también dar explicaciones. El sistema democrático no se basa solamente en tener el poder si te votan muchos. El sistema democrático es, por encima de todo, rendir cuentas a aquellos que te han votado ya que es gracias a su voluntad por la que estás en el poder. Y si debes salir un día, y otro, y otro a decir esto o aquello, lo haces, porque es tu deber. El deber de un gobernante no radica solamente en el cumplimiento de un programa electoral - no hablemos de esto ahora… -, radica también en explicar, punto por punto, qué se hace, y el porqué.

Por lo tanto, señor Mariano, no se sirva de la palabra mayoría para excusarse. No se sirva de la palabra nación para que sus actos parezcan grandes. No se sirva de la voluntad de aquellos quienes le votaron para escurrir el bulto. Señor Mariano, la mayoría no le quiso, y usted lo sabe. Y sabe también que si todo el mundo conociera este dato tendría un problema. Por eso, Mariano, se llena usted la boca con conceptos como democracia, mayoría o Estado de Derecho. Pero bien sabe usted que son conceptos vacíos, y ya se encarga su persona de que no cobren sentido.

Si la mayoría de los españoles reflexionases sobre esto, Mariano… ¡Ay! Mariano…